(MZ001) Volando volando

Mientras empaco observo la habitación un momento, la que fuera mi guarida durante dos meses y en la que no volveré a estar más. Hago la cama y cierro las puertas del closet, y así sin más, es como si nunca hubiera estado ahí. Pero estuve, y durante dos meses. Un periodo relativamente corto en el que algo cambió en mí, y que es el comienzo de algo más grande.

Mientras espero en el aeropuerto de monterrey a las 5:45 am (16/09/2013)  actualizo mi estado de Facebook y entonces asimilo que en breve estaré en Madrid y luego de unos días, en Mozambique.

Me ha tomado bastante tiempo darme cuenta, pero esto es. Mi rutina ya no son los viajes Cuautla-Puebla cada fin de semana, ahora la dimensión es distinta aunque la dinámica es la misma. También los detalles son otros; ahora viajo con un porta trajes en lugar de una maleta llena de ropa sucia, y mi mayor preocupación no es que asalten el autobús, sino tener algún contratiempo en los módulos de migración.

Intento visionar mi vida en torno a esta nueva condición, mi mente avanza pero de pronto aparece algo que la obliga a detenerse, una idea que no estaba ahí antes y que aparece retadora ante los pensamientos idílicos que tan inocentemente estaba teniendo. Es la imagen de aquellos riesgos que conlleva la situación en la que ahora me encuentro, y es algo que realmente me asusta. No se trata de temor a que se caiga el avión en el que viajo o de ser devorado por un león. Tampoco me asustan los mosquitos, y eso que quienes saben, me han contado que son del tamaño de libélulas. Lo que en verdad me preocupa es tiene que ver con lo que soy ahora y en lo que podría convertirme. Me asusta perder la capacidad de sorprenderme; volverme alguien a quien ya no le impactan los precios altos o para quien un viaje alrededor del mundo no sea más que un tedioso gaje del oficio, temo el hambre por descubrir destinos exóticos y hablar con gente de países que no logro ubicar en el mapa. Al final, supongo que eso depende solo de mí. Así que ya se irá viendo.

Ya en la Ciudad de México, después de un vuelo cancelado y a la espera de que la aerolínea me dé el boucher para ir al hotel, empiezo a hablar con una chica, es de Tanzania y trabaja como investigadora en la UNAM, me da su tarjeta y me recomienda un par de safaris en el Serengueti. Ya con habitaciones asignada nos despedimos y cada quien se va a su cuarto a descansar antes de bajar a cenar.

Pienso y llego a la conclusión de que estos viajes están cargados de encuentros express, con desconocidos que se vuelven tus mejores amigos instantáneamente, conversaciones francas sin intención de impresionar. Una interacción en la que ninguno espera algo del otro más que hablar un poco. Es una especie de tregua automática en la que cada quien puede ser sí mismo (o quien le dé la gana ser) y que importa lo que piense el otro, al final no volveremos a verlo.

Así, después de 4 de esas y 24 horas de espera forzosa, le entrego mi pasaporte a azafata de KLM y llego a mi asiento. El avión despega con dirección a Ámsterdam, donde cojo otro que finalmente me lleva hasta Madrid. La idea de estar juntos de nuevo hace que me invadan unos nervios infantiles, pero ya ese es otro cantar…

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